En un momento en el que el vino vive pendiente de tendencias, microproducciones y relatos cada vez más fragmentados, Bodegas Olarra lleva desde 1973 defendiendo una idea amplia de Rioja. Con sede en Logroño, mantiene una forma de elaborar que conecta con la historia de la denominación y la proyecta al presente con naturalidad.

El ensamblaje de uvas y variedades procedentes de las tres subzonas Rioja Alta, Rioja Alavesa y Rioja Oriental es uno de los métodos de elaboración más clásicos y tradicionales de Rioja. Es el santo y seña de Bodegas Olarra, donde cada partida se vinifica por separado antes de integrarse en el coupage final. De esta manera se consigue que cada subzona y cada variedad aporte perfiles diferentes al vino. Porque el ensamblaje no busca una simple suma de matices, sino el equilibrio entre ellos.

«Llevamos muchos años insistiendo en la palabra ensamblaje», explica Javier Martínez de Salinas, director técnico del Grupo Bodegas Olarra. «Se utilizan distintas variedades, barricas de diferentes maderas y antigüedad y uvas procedentes de las tres subzonas de Rioja. Es una manera de elaborar muy propia de la denominación y que forma parte de nuestra forma de entender el vino».

El ensamblaje es solo el primer paso. El carácter definitivo de los vinos de Bodegas Olarra se define en la crianza. El tejado de la sala de barricas está compuesto por 111 cúpulas hexagonales que regulan la temperatura de forma natural. En ese entorno se desarrollan las largas crianzas que han definido a Bodegas Olarra desde su fundación.

A cada vino, su tiempo

Con esta premisa, cada vino permanecerá en barrica y botella el tiempo que necesite, más allá de los mínimos fijados por la normativa del Consejo Regulador. Olarra Reserva, por ejemplo, pasa al menos 18 meses en barrica antes de continuar su evolución en botella. Ese tiempo permite que la madera se integre y acompañe sin imponerse. El resultado es un vino de textura afinada, fruta ensamblada y complejidad bien integrada. «Son vinos que necesitan estructura porque están pensados para criarse durante más tiempo», señala Martínez de Salinas. «La crianza en barrica y en botella es lo que termina aportando complejidad aromática y finura en boca».

Un escalón más arriba, Cerro Añón Gran Reserva, que recientemente ha obtenido 97 puntos en la Guía Gourmets, aplica ese planteamiento de forma más prolongada: dos años y medio en barrica antes de completar su afinamiento en botella. Una crianza que aporta profundidad y un final persistente. Incluso El Rayo Olarra, con una estética icónica y contemporánea, responde a esa misma lógica. Según la añada, permanece entre 14 y 16 meses en barrica.

Una base técnica de corte clásico expresada con un lenguaje actual.

Más de cinco décadas después, con la bodega en manos de la tercera generación familiar, los principios no han cambiado. En la copa, el resultado son vinos con estructura y finura, fruta y evolución bien calibradas. Una forma de entender Rioja que sigue definiendo el estilo de Bodegas Olarra.

FUENTE: El Diario Vasco (prensa digital)